Una camiseta dijo una vez que el aikido es el arte de dar amor repartiendo hostias.

Maestro es experto en conjugar estos dos términos, claro ejemplo es su asombrosa capacidad para arrancar un par de lagrimillas de emoción a sus discípulos haciendo un simple Ikkyo, y eso que como él se empeña en recalcar “no duele, es sólo peso”.

Cada alumno da a las enseñanzas de esta disciplina diferentes interpretaciones, y es por eso que más de uno mantiene una encarnizada lucha con las leyes para que pongan vestuarios mixtos, qué mejor forma de repartir amor.

Maestro trata de enseñarnos que el fin del aikido no es defenderse, sino encontrar nuestro propio camino, y nosotros lo buscamos tanto en clase como fuera. Los compañeros nos esforzamos concienzudamente en encontrar el ki en el Bar Bast, pero después de varios tercios hasta el sempai más experimentado olvida el camino a su casa. Y es que un hombre sabio dijo una vez que lo mejor del aikido son las cañas.

Pero en realidad lo mejor del aikido es el aikido. Es Ikkyo, los moratones, las risas, las cervezas, el silencio, la mopa, los compañeros, los amigos, todas esas cosas que nos ayudan a avanzar en ese camino que, encontremos o no, tenemos que recorrer.